Un artículo sobre un gran hombre y un gran escritor

Edward Said: la nueva odisea

Luis Hernández Navarro

Tengo frente a mí un ejemplar de La Jornada del 26 de septiembre de 2003. En su primera plana informa sobre el fallecimiento de Edward W. Said. Hay allí una foto suya. No es una imagen cualquiera. Fue tomada el 3 de julio de 2000. Tenía entonces sesenta y cuatro años de edad y mucho tiempo de luchar contra la leucemia. Unos días antes el ejército israelí había salido del sur de Líbano. Said lleva una gorra y lentes oscuros. Viste una camisola clara arremangada. Su brazo derecho está extendió hacia atrás y su cuerpo inclinado para tomar impulso. Se prepara para aventar una piedra que tiene en la mano a los soldados israelíes.

No hay una imagen que dé cuenta de lo que sucedió después pero las crónicas aseguran que la piedra fue arrojada, de la misma manera que desde muchos años atrás había lanzado contra los invasores de su tierra sus escritos. Ese día, en su viaje a Ítaca, Said encaró a los cíclopes como David enfrentó a Goliat. En medio del escándalo de quienes justifican que se lancen misiles, sin arrepentirse explicó que su actitud había sido “un gesto simbólico de irreflexiva alegría” por la liberación de Líbano.

Hijo de estadounidense de origen palestino y madre palestina, ambos protestantes, Edward Said nació en Jerusalén. Educado en Egipto, Líbano y en las universidades de Princeton y Harvard, derivó parte sustancial de la producción de su conciencia de ser “oriental” y de haber crecido en dos colonias británicas. Retomó así la advertencia de Antonio Gramsci de que “el punto de partida de cualquier elaboración crítica es la toma de conciencia de lo que uno es”. Su estilo de pensamiento está marcado por el dolor y el sufrimiento personal, por su condición de exiliado, por la permanente sensación de encontrarse “fuera de lugar”.

Con esa piedra aventada a un ejército colonial, Said enfrentó también, muy probablemente, la no existencia, el ninguneo, la deformación histórica presentes en las hirientes palabras de Golda Meir en 1969. “No hay palestinos”, dijo la dirigente israelí en 1969, y eso despertó en él, como recordó en alguna ocasión, “el desafío un tanto insensato de impugnarla, de comenzar a organizar la historia de pérdidas y expoliaciones que había que extraer, minuto a minuto, palabra a palabra, pulgada a pulgada, de la historia verdadera del poblamiento, la existencia y los logros de Israel.”

Con esa piedra, el intelectual integrante del parlamento palestino en el exilio entre 1997 y 1991, crítico de Yaser Arafat y de los Acuerdos de Oslo, refrendó, además, su participación en lo que consideraba “quizá el último movimiento de liberación que continúa con la lucha en un mundo habitado por una sola superpotencia, que es el patrón de nuestro enemigo… de un movimiento de liberación que a mitad de la lucha se convierte en un movimiento de independencia, de independencia nacional”.

La fotografía recuerda una imagen repetida en múltiples ocasiones durante las dos Intifadas que los palestinos ha protagonizado para resistir la invasión colonial. Una estampa en la que los personajes retratados son siempre diferentes pero la trama es siempre la misma. Es el testimonio gráfico que da cuenta de la determinación de un pueblo por ser. En ella un niño lanza piedras contra vehículos blindados israelíes. Ese 3 de julio de 2000, Edward Said, el intelectual, el crítico de la violencia, el académico, el pianista amante de música, se convirtió en un niño más. “Me dirán –afirmó en una ocasión– que la política se ocupa de lo posible, no de lo deseable. No estoy de acuerdo en absoluto.” Ese día lo deseable derrotó a lo posible. Ese día, el dolor de una vida de desarraigado se convirtió en una sonrisa. Sí, la foto muestra cómo, mientras Said arroja la piedra, sonríe.

RUMBO A ÍTACA

El pasado 12 de octubre, en Illinois, Estados Unidos, Daniel Barenboim, hermano del alma de Edward Said, judío y director de la Orquesta Sinfónica de Chicago, condujo un concierto para celebrar la vida y la obra de su amigo. Los músicos que se reunieron en el Memorial interpretaron obras de Schubert, Schumann y Haydn.

Ambos se conocieron diez años atrás en el lobby de un hotel en Londres, por iniciativa de Said. Desde entonces fueron inseparables y desafiaron, con las armas de la producción musical, a la derecha israelí y la burocracia palestina.

En esas fechas el palestino estaba ya gravemente enfermo. “Padezco una enfermedad crónica, leucemia –dijo Said a David Barsamian, productor de radio–, que tiene malos ratos, pero trato de no pensar mucho en el futuro, pues considero que hay mucho que decir y escribir, y sólo quiero seguir haciéndolo.” El encuentro del director de orquesta y el intelectual fue una muestra de esta carrera hacia adelante, de seguir adelante en lo que su alumno Joseph Massad ha descrito como su viaje a Ítaca.

Apenas este 25 de agosto Barenhoim escribió en la revista Time que nunca olvidará el modo en que Said le hizo comprender a un grupo de árabes, israelíes y alemanes reunidos en una habitación cómo “el diablo existe en todos nosotros, que Weimar representaba lo mejor y lo peor de la historia alemana. Era la ciudad de Goethe, aunque se encontraba a unos cuantos kilómetros del campo de concentración de Buchenwald. Hizo que los jóvenes quedaran impresionados no sólo con la importancia de leer el Fausto, de Goethe, sino también con la necesidad de que fueran testigos directos de la brutalidad del campo de concentración. Lo logró de un modo en el que no ofendió a los israelíes, no provocó que se sintieran culpables los alemanes e hizo que los árabes entendieran la necesidad de comprender ese periodo de la historia judía.”

El poeta griego Konstantinos

Kavafis escribió: “Cuando emprendas el viaje a Ítaca/ ruega que sea largo el camino/ lleno de aventuras, lleno de experiencias… Siempre en la mente has de tener a Ítaca/ Llegar allá es tu destino/ Pero no apresures el viaje/ Es mejor que dure muchos años/ y que ya viejo llegues a la isla.” Obsesionado por su condición de exiliado, Said llevaba consigo a cualquier lugar a donde fuera los poemas de Kavafis. Muy probablemente el concierto de Chicago que su hermano del alma Barenhoim organizó para él fue el anuncio de su arribo a Ítaca, al que llegó, tal y como concluye el poema, “sabio como te has vuelto con tantas experiencias”.

EL 11 DE SEPTIEMBRE

Hasta antes del 11 de septiembre de 2001 Edward Said fue uno de los intelectuales vivos más lúcidos, genuinos y sugerentes. Después de los ataques a las Torres Gemelas y del nuevo ciclo de expansión imperial estadounidense, su pensamiento se convirtió en referencia indispensable para comprender el nuevo desorden planetario. Parte central de la obra teórica de Said se concentró en explicar y combatir el surgimiento de las imágenes estereotipadas de “Oriente” y “Occidente”, y de conceptos raciales tales como “razas sometidas”, “orientales”, “arios”. En libros como Orientalismo (traducido a más de treinta idiomas) o Cultura e imperialismo explica cómo estos clichés ideológicos obedecen a los intereses y estrategias del poder dominante en cada momento histórico. A lo largo de su obra muestra cómo la geografía imaginaria que distingue entre “Oriente” y “Occidente” no es una realidad inerte, sino una relación de poder, construida sobre la subordinación de la idea del “Oriente” al imaginario occidental etnocentrista que se considera superior.

Su trabajo elabora una vasta tipología cultural del imperialismo y el colonialismo. Entiende por el primero la práctica, la teoría y las actitudes de un centro metropolitano que rige y gobierna un territorio distante, y, por el segundo, la implantación de asentamientos en esos territorios, frecuentemente como consecuencia del imperialismo. “El poder para narrar”, escribe Said, “o para impedir que otros relatos se formen y emerjan en su lugar, es muy importante para la cultura y para el imperialismo, y constituye uno de los principales vínculos entre ambos.” Sus ensayos explican detallada y eruditamente cómo la cultura posibilitó al imperialismo. Citando a Blake afirma: “el fundamento del imperio son el arte y la ciencia. Basta con eliminarlos y degradarlos y sobreviene el fin del imperio. El imperio sigue al arte y no al inversa, como los ingleses suponen.” Su análisis sobre el nexo entre conocimiento y poder que crea al “oriental” y lo elimina como ser humano tiene enorme valor en la explicación del modo en el que la opresión cultural actúa, y en el estímulo a lo que Raymond Williams ha llamado el “desaprehendimiento del espíritu inherente de dominación”. En su obra hay también un documentado análisis sobre la crítica que realizan los grandes movimientos de resistencia, que en última instancia derrotaron a los imperios. Su producción es un formidable elogio a la resistencia. Más allá de la importancia e influencia que su trabajo tenía antes del 11 de septiembre, adquirió mayor dimensión en la medida en que la nueva aventura imperial de la administración Bush escogió a Asia central como el territorio privilegiado de sus operaciones, y al “choque de las civilizaciones” como la versión oficiosa de nuestro futuro inmediato. De la mano de la expansión colonial retoñaron con increíble fuerza los prejuicios antiárabes y antiislámicos, los estereotipos culturales racistas y los juicios triviales sobre las culturas que no provienen de la tradición judeocristiana. Se reforzó, además, la ya de por sí estrecha alianza existente entre los fundamentalistas cristianos de la administración Bush y el Estado de Israel, particularmente con sus sectores más beligerantes. Todas estas representaciones sobre el “Oriente”, elaboradas para justificar cómo el imperialismo y la expansión global de las potencias representan una gran contribución a la civilización humana, habían sido previamente desmontadas y fuertemente criticadas por Edward Said. Lo mismo había hecho con las propuestas de “paz” para Medio Oriente basadas en la derrota del pueblo palestino por el poder inmoral de las armas o rondas de conversaciones arbitradas por Estados Unidos. La obra del profesor de la Universidad de Columbia se convirtió así en un gran dique intelectual frente a las aguas del discurso neoconservador estadounidense.

UN LUGAR PARA VIVIR

Dada su condición de emigrante, escribir se convirtió para él, tal como recomendaba su apreciado Theodor Adorno, en “un lugar para vivir” de los que no tienen patria. Influido por autores como Jean Paul Sartre, Franz Fanon, Raymond Williams y Michel Foucault, reivindicó también la obra y vitalidad de Noam Chomsky y Gore Vidal, a quienes señaló como ejemplo de que los intelectuales “no tienen por qué ser amargas plañideras” y encomió su labor por mostrar cómo “el grupo no es una entidad natural o de origen divino, sino una realidad construida, manufacturada, e incluso en algunos casos un objeto inventado, con una historia de luchas y conquistas tras él que a veces es importante explicar”.

Pensador independiente, secular,

opositor, escéptico, sólido, audaz e inquisitivo, utilizó como sus armas los instrumentos de investigación histórica, humanística y cultural. A pesar de que denunció la pervivencia de prejuicios que justifican la opresión colonial, no renunció a los logros de la cultura europea. Said estuvo buena parte de su vida en el centro de la tormenta y no temió quedarse solo en sus juicios. Miembro del Congreso Nacional Palestino, renunció a éste en 1991 criticando los acuerdos de Oslo y la dirección de Yaser Arafat. Señaló la ironía histórica de que las víctimas del Holocausto se convirtieran en los verdugos de todo un pueblo, así como la situación colonial en la que viven los palestinos y el apoyo que Estados Unidos ha dado a Israel en la ilegal ocupación de territorios palestinos. Al mismo tiempo criticó severamente a las elites árabes y señaló la necesidad de transformar sus Estados. Fue uno de los primeros palestinos en señalar que la negativa a “reconocer la existencia de Israel” era una postura que no conducía a ningún lado; hablaba de Israel como Israel. Su propuesta de solución al conflicto consistió en promover la formación de un Estado binacional mixto, basado en la igualdad y la coexistencia democrática, donde árabes y judíos puedan vivir juntos de manera satisfactoria. Fue, además, el primer intelectual árabe de renombre internacional que criticó el terrorismo palestino. Su militancia en favor de la Causa Palestina le costó fuertes agresiones. La hostilidad en los círculos pro israelíes de Washington fue grande. Él y su familia recibieron amenazas de muerte y su cubículo en la Universidad de Columbia fue incendiado. La Liga de Defensa Judía lo acusó de nazi. Commentary, publicación de extrema derecha estadounidense, lo calificó de “profesor del terrorismo”, y dijo que falsificó su condición de refugiado palestino. The Sunday Telegraph lo tachó de antioccidental. Sus libros fueron prohibidos en los territorios palestinos ocupados a raíz de sus críticas a Arafat. Según su amigo Eqbal Ahmad, “se cuidaba lo mejor que podía, pero jamás escuchó el consejo de amigos o expertos de tomarse unas vacaciones, evitar las presentaciones en público o moderar su apoyo explícito a la liberación de Palestina”. Interrogado por David Barsamian sobre cómo enfrentaba las amenazas de muerte, Said respondió: “No pienso mucho en ello… si te dedicas a pensar en esos problemas, ya han logrado lo peor: inmovilizarte… y resulta más difícil para los demás que para ti… Creo que lo principal es seguir adelante y recordar que lo que haces y piensas significa mucho más para ti que estar o no a salvo.” Efectivamente, a pesar de las amenazas en su contra, el profesor de Columbia siguió expresando sus opiniones. Según él, “nada desfigura la actuación pública del intelectual tanto como el silencio oportunista y cauteloso, las fanfarronadas patrióticas”. Convencido de que el intelectual está en el mismo barco que el débil o el no representado, aseguró encontrarse “instintivamente del otro lado del poder”. “Los privilegiados –afirmó– promueven intereses especiales, pero los intelectuales deberían ser los primeros en cuestionar el nacionalismo patriótico, el pensamiento corporativo y el sentimiento de superioridad clasista, racial o sexual.”

Infatigable, reivindicó el espíritu de oposición y el rechazo al status quo, al que consideraba un valor superior al de la acomodación, tanto como aseguraba que “la condición del intelectual es la soledad”. Personaje de frontera, su obra es un elogio a la resistencia, una referencia imprescindible.

En su viaje a Ítaca, el viajero Said nunca temió a los lestrigones, ni a los cíclopes ni al fiero Poseidón, porque, como recomendaba Kavafis, no los llevaba en su corazón y mantuvo elevado su pensamiento y exquisita la emoción que toca el espíritu y el cuerpo. Su camino fue largo y fueron muchas las mañanas de verano en que, con placer y con alegría, entró a puertos nunca vistos. Llegó a Ítaca después de muchos años, después de aprender el camino. Para nuestra fortuna dejó escritas las peripecias de su recorrido. Su obra es hoy una nueva Odisea.

Fuente: La Jornada, México

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