Acabo de escuchar a la radio el texto conmovedor de la última carta de Patrice Lumumba. Terriblemente actual.

Tratando de alcanzar la provincia de Kasaï controlada por sus partesanos finales de noviembre de 1960, Lumumba estácapturado. Desde la carcel, escribe a su mujer, Pauline.

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Mi querida compañera,
Te escribí estas palabras sin saber siquiera cuándo te llegarán ni si estaré con vida cuando las leas. A lo largo de toda mi lucha por la independencia de nuestro país, nunca he dudado, ni un instante, del triunfo final de la causa sagrada a que mis compañeros y yo hemos dedicado toda nuestra vida. Pero aquello que nosotros queríamos para nuestro país, su derecho a una vida honorable, a una dignidad sin mancha, a una independencia sin restricciones; el colonialismo belga y sus aliados occidentales, que han encontrado apoyo directo e indirecto, declarado y no declarado, entre algunos altos funcionarios de las Naciones Unidas  –ese organismo en el que depositamos toda nuestra confianza cuando apelamos a su asistencia–, ellos, nunca lo han querido.
Ellos corrompieron a algunos de nuestros compatriotas y compraron a otros, contribuyeron a deformar la verdad y a ensuciar nuestra independencia. ¿Qué más puedo decir? Que muerto, vivo, libre o encarcelado por orden del colonialismo, no es mi persona lo que cuenta: cuentan el Congo, y nuestro pobre pueblo, con su independencia transformada en una jaula, donde se nos mira desde afuera, ya con cierta compasión benévola, ya con alegría o placer. Pero mi fe seguirá inmutable.
Sé, y lo siento desde el fondo de mí mismo, que tarde o temprano mi pueblo se librará de todos sus enemigos, internos y externos, que se levantará como un solo hombre para decirle que no, al colonialismo degradante y vergonzoso, y para reconquistar su dignidad bajo un cielo puro.
No estamos solos. Africa, Asia y los pueblos libres y liberados en todos los rincones del mundo estarán  siempre al lado de los millones de congoleses, que no cesarán de luchar sino el día en que ni los colonizadores ni sus mercenarios existan ya en nuestro país.
Quiero que a mis hijos, a quienes dejo para no verlos quizá nunca, se les diga que el futuro del Congo es hermoso. El Congo espera de ellos, como de todo congolés, la ejecución de la sagrada tarea de reconstrucción de nuestra independencia y de nuestra soberanía; porque sin dignidad no hay libertad, sin justicia no hay dignidad y sin independencia no hay hombres libres.
Las brutalidades, las sevicias, las torturas, no me han inducido nunca a pedir clemencia, porque prefiero morir con la frente alta, con mi fe inconmovible y mi confianza profunda en el destino de nuestro país, antes que vivir en la sumisión y en el desprecio a los principios que me son sagrados.
La historia dirá un día su palabra, pero no será la historia que se enseñe en Bruselas, en París, en Washington o en las NN UU: será la que se enseñe en los países liberados del colonialismo y de sus títeres. Africa escribirá su propia historia, de gloria y de dignidad, al norte y al sur del Sahara.
No me llores, compañera. Sé que mi país, que sufre tanto, sabrá defender su independencia y su libertad.
! Viva el Congo !        ! Viva Africa !
Patrice Lumumba.
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